La Peste Negra del 2020

La Peste Negra del 2020

En el siglo XIV “la peste negra” terminó prácticamente con la vida de la mitad de los habitantes de Europa de aquel entonces. Ese mal tardó varios siglos en erradicarse por completo. La peste negra, sin duda, es uno de los acontecimientos sanitarios más relevantes de los últimos tiempos. Estudiemos este tema en busca de una analogía con nuestra actual crisis sanitaria.

En 1347, “la peste” apareció en el Viejo Continente con una velocidad de propagación que hizo prácticamente imposible que el mundo reaccionara contra sus devastadores efectos. De hecho, la peste se encontró con una Europa dominada por el Feudalismo, es decir, periodo histórico caracterizado por el arraigo de los campesinos a las tierras de labor que conformaban el “feudo”.

En aquel entonces “el derecho divino” estableció los destinos de la sociedad y sus miembros. El rico era rico y el pobre era pobre porque Dios así lo había decidido. La iglesia, institución materialmente política, era el sustento empírico de ese singular sistema socio-político. En ese contexto, las enfermedades eran entendidas como un castigo divino. La única manera de evitar una enfermedad era estar bien con la iglesia y con los señores feudales.

La inesperada llegada de la peste puso contra la pared el sistema arriba citado. Los jerarcas de la iglesia no se explicaban por qué Dios los castigaba de esa manera. Sin embargo, los europeos advirtieron que todo mundo enfermaba sin importar la condición social, así que se dieron cuenta que el mal que mataba a los europeos nada tenía que ver con asuntos divinos.

Así las cosas, Europa, en su intento por superar aquello, retomó conceptos e ideas de la antigua Grecia a fin de encontrar una explicación y, sobre todo, una solución científica que le sirviera para combatir a la peste. La conclusión fue que el virus era un efecto del aire contaminado, es decir, la peste se propagaba porque “algo” había contaminado la atmósfera. Los expertos no sabían qué había contaminado el aire, sólo asentaban que este elemento sencillamente contaminado estaba.

La gente de aquel tiempo también concluyó que había dos maneras de contraer el mal: el contacto con un enfermo, o la mera respiración del aire contaminado. No estaban tan errados. En el siglo XXI, usamos cubrebocas para evitar en lo posible respirar aire contaminado y guardamos “susana distancia” entre nosotros.

La peste era complicada porque presentaba un índice muy elevado de víctimas y se propagaba con una velocidad inusual, cual si fuera el viento. La gente aceptaba que no había tratamiento alguno. La única forma de “sobrevivir” era evitando respirar el aire contaminado. Los europeos inventaron una máscara de “pájaro”. Esas caretas estaban rellenas con hierbas aromatizantes que servían para filtrar el aire del exterior. Otra forma más segura de sobrevivir era literalmente huyendo de la región afectada. Por esa razón muchos pueblos quedaron abandonados. Los obispos y demás jerarcas de la iglesia eran los primeros en abandonar sus iglesias para salvar sus vidas.

Otra forma de combatir la peste fueron los perfumes. La aristocracia pensaba que un buen perfume podía salvarlos de esta enfermedad. En Inglaterra se recomendaba fumar para evitar el contagio. Los ingleses pensaban que el humo del tabaco servía para purificar el aire contaminado.

No obstante, los verdaderos efectos de la peste iban más allá del cigarro, las máscaras de pájaro y las excelentes fragancias europeas. Esta pandemia influyó en el derrumbe de la estructura socio-política y económica europea. En vista de que los más altos jerarcas de la iglesia, las familias aristócratas y los señores feudales perdían la vida, el resto de los mortales se preguntaba qué pecado tan grande habían cometido estas personas para ser castigadas de esa manera, pero la respuesta no la encontraron en el derecho divino, sino el uso correcto de la razón sustentado en teorías científicas.

Resulta que los campesinos se negaron a trabajar por los salarios de miseria que percibían antes de la peste y además se rebelaron contra los señores feudales. Se creó un mercado común de trabajo que los sobrevivientes de la peste pudieron aprovechar para restablecer su estabilidad financiera. En tales circunstancias, el Feudalismo comenzó a desaparecer del Viejo Continente. La Edad Media también se quedaba en el pasado.

Efectos notorios de ese cambio fue, por ejemplo, el iniciado en Alemania por Martín Lutero cuyas tesis pusieron en entredicho la autoridad del Papa como representante de Dios en la tierra. He aquí una de las primeras revoluciones de la historia moderna. El protestantismo sacudiría a toda Europa desde los cimientos de su fe. España era una de las pocas naciones que seguía siendo fiel a los dogmas del Vaticano.

En el sentido anterior, aquella epidemia sacudió las estructuras económica y política que daban sustento al entonces mundo moderno. Ocurrido el cambio, obviamente, nada vuelve a ser lo mismo. En nuestro caso, el ya mundial y tristemente famoso COVID-19 está muy lejos de compararse de la peste negra.

La analogía que encontramos en ambos acontecimientos sanitarios es que nuestra civilización es tan frágil como la de la Edad Media. La sociedad medieval encontraba reducida su suerte al derecho divino. Nuestra sociedad depende prácticamente de su sistema financiero globalizado, tal vez, nuestro derecho divino. Cuando la peste negra terminó, la gente buscaba explicaciones y soluciones objetivas. Nosotros todavía no encontramos una solución viable a la pandemia. La única solución a nuestro alcance es la cuarentena de varios meses y “susana distancia”.

El escenario pospandemia de la peste fue la presión de las masas para exigir reivindicaciones de carácter social, iniciando las revueltas que culminaron con la caída del absolutismo europeo luego del triunfo de la Revolución de 1789. Los gobiernos actuales están presionados por la gente que exige cambios y restructuraciones económicas como consecuencia de la crisis financiera que actualmente afecta a todo el mundo.

Es viable, bueno, mejor dicho, es previsible que la gente literalmente invada las calles del mundo a causa de la zozobra que le ha provocado este encierro incierto y sin futuro viable.

Las últimas noticias nos muestran que Estados Unidos, la primera potencia del mundo, cuenta con millones de desempleados que están a punto de colapsar el sistema de seguros del país. Una crisis que no se ve desde el pasado crash financiero de 1929. España, por su parte, subsidia el gasto familiar de prácticamente el 40% de su población. En Argentina, la gente protesta porque los comedores comunitarios han sido cerrados por falta de recursos. Brasil, una de las economías más importantes de América Latina, alberga el intento de un posible golpe de Estado ya ponderado por el ejército del país de la zamba.

A nivel microeconómico, las familias sufragan sus gastos sin obtener ingresos. La peor parte, obviamente, la llevan las familias que actualmente han perdido su fuente de ingresos a causa del desempleo que también se ha expandido por el mundo, igual que la pandemia.

Ningún Estado, ninguna familia podrá resistir esta presión financiera. En un artículo diverso argumentamos que el “Estado de Bienestar”, resultado de las revoluciones contemporáneas, puede caer en desuso debido a la incapacidad de la los gobiernos de respaldar eficientemente a los habitantes del mundo.

Además de las solicitudes de financiamiento que se han solicitado al Fondo Monetario Internacional (FMI), hasta este momento, ningún país ofrece una solución viable para resolver esta crisis financiera cuyos efectos seguramente se prolongaran por varios años, si este estado de cosas sigue como hasta ahora. El desenlace exitoso de estos hechos depende de la eficacia y la buena disposición de nuestros gobiernos para reestablecer el orden por medio de una “reestructuración socio-económica de fondo” que recupere la vigencia al Estado de Bienestar. En caso contrario, los ciudadanos de a pie tomarán su destino en sus propias manos como ocurrió en el escenario pospandemia de la peste europea del siglo XIV.

POR LIC. FRANCISCO JAVIER RODRÍGUEZ  
PRESIDENTE DE LA COMISIÓN DE ASUNTOS INTERNACIONALES.
COPARMEX METROPOLITANO.

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